La dislexia, la discalculia o la dificultad para concentrarse son problemas habituales entre los pequeños que dificultan su aprendizaje. Hoy, por suerte, cada vez es más normal que el colegio, los padres y los psicoterapeutas infantiles que llevan el caso trabajen conjuntamente para superar estos obstáculos.
A veces, cuando nuestros hijos padecen alguno de estos trastornos, a los padres nos cuesta descubrirlo y asimilarlo. Si vemos que nuestro hijo tiene un rendimiento escolar inferior al esperado, lo más sencillo es achacarlo a que no se esfuerza. A que solo está pensando en jugar. Cuando a lo mejor puede existir un problema de fondo al que no le hemos prestado atención.
Los colegios, en este sentido, están cada vez más sensibilizados. Cuando atisban una posible dislexia o problemas de comunicación, recomiendan a los padres que lleven a sus hijos a un logopeda o un psicoterapeuta para que aborde el caso con más profundidad.
Llama la atención cómo en el organigrama de los colegios de infantil y primaria se ha incluido la figura del maestro especialista en Audición y Lenguaje. Un pedagogo que, como explica Educaweb, interviene para prevenir y solucionar problemas relacionados con el lenguaje y la comunicación. Sirviendo de apoyo para niños con necesidades especiales en estas áreas.
De todos modos, abordar trastornos de esta índole excede las competencias del centro educativo, el cual carece de conocimientos y medios para tratarlos.
Aquí desempeñan un papel fundamental los psicopedagogos y los terapeutas. Los cuales, una vez han diagnosticado el problema del niño y diseñan un plan de actuación por medio de sesiones periódicas, dan orientaciones al colegio y a los padres para que el niño pueda superar el trastorno en cuestión.
Vamos a ver esto, en concreto, en algunos de los trastornos relacionados con el aprendizaje, más habituales en la infancia.
Dislexia.
La Federación Española de Dislexia (FEDIS) indica que la dislexia es una combinación de habilidades y dificultades que afectan al proceso de aprendizaje de un niño. Especialmente en el lenguaje. Puede afectar a la lectura, a la escritura, a la ortografía o a varias áreas al mismo tiempo. Del mismo modo, puede ir acompañada de otras dificultades como una mayor lentitud a la hora de procesar la información, problemas de memoria a corto plazo, falta de comprensión lectora, trabarse a la hora de hablar o dificultad para organizarse.
Aunque uno de los síntomas más habituales es que el niño confunde las letras al leer o escribir, no se puede decir que exista una sintomatología de manual para el niño disléxico. La dislexia se puede manifestar de diferentes formas. En estos casos, los psicopedagogos del Centro Psicopedagógico Cristina Hormigos, un centro de psicología infantil de Albacete con una amplia experiencia en el tratamiento de trastornos relacionados con el aprendizaje, señalan que es crucial efectuar una serie de pruebas, valoraciones y evaluaciones, partiendo de baremos oficiales, antes de pronunciar un dictamen de dislexia o de cualquier otro trastorno del mismo ámbito.
Es importante señalar que la dislexia es independiente del coeficiente intelectual y del entorno socioeconómico del niño. Puede ser que el niño sea buen estudiante, que incluso tenga buenas notas, pero que sea disléxico.
La dislexia tiene un componente genético, puede ser hereditaria; y puede persistir durante toda la vida, pero la buena noticia es que el niño disléxico puede adquirir habilidades para neutralizar esta condición y conseguir que le afecte lo menos posible. Esto requiere un trabajo de entrenamiento y un esfuerzo por adaptar el material educativo a sus características personales. La dislexia se puede superar. Yo, de hecho, conozco varias personas que fueron niños disléxicos y que se han sacado una carrera universitaria.
Discalculia.
Relacionado con la dislexia, pero referente al campo de las matemáticas, se encuentra la discalculia. Este es un trastorno de origen neuronal y que, según el blog La Discalculia, en el que colabora la Universidad de Málaga, hace referencia a la dificultad del niño de comprender el valor de los números y su capacidad para operar con ellos mentalmente. Hasta cierto punto puede resultar lógico. Las matemáticas requieren un nivel de abstracción que el niño no llega a asimilar. Los saltos que se producen en operaciones como las multiplicaciones, las divisiones o el uso de números fraccionarios, a ellos les resultan incomprensibles. Esta condición dificulta su aprendizaje normal.
Un niño con discalculia no solo se atasca con las tablas de multiplicar; sufre para estimar si cinco canicas son más que tres, le cuesta leer o escribir números ordenadamente y se confunde al realizar sumas o restas sencillas.
Esta condición afecta a entre el 3 y el 6% de los estudiantes y requiere un diagnóstico preciso mediante tests estandarizados. Además, cerca del 50% de los niños afectados convive con otros retos añadidos, como falta de concentración, dislexia o una alta ansiedad vinculada al rendimiento escolar.
Superarla exige una estrategia práctica en tres frentes: educar reaprendiendo el sentido numérico con métodos visuales, adaptar el trabajo diario en el colegio y en el hogar, y brindar apoyo psicológico para proteger su autoestima. Aplicando programas de intervención adaptados y continuos, las personas con discalculia logran progresos sustanciales en su rendimiento y en su confianza.
Al igual que sucede con la dislexia, la discalculia es independiente del coeficiente intelectual y del nivel socioeconómico del niño. Es más, puede mostrarse brillante en otras áreas como el lenguaje o el aprendizaje de lenguas extranjeras y estar atascado en el cálculo.
Disgrafía.
A menudo se confunde con la dislexia y, sin embargo, no tiene nada que ver. Son niños o adultos que escriben con una letra ilegible y de una manera desordenada.
Indica la web médica Top Doctors que la disgrafía es un trastorno del aprendizaje de origen neurobiológico que afecta directamente a la capacidad de escribir de forma legible, fluida y ordenada. No está relacionada con una falta de inteligencia ni con deficiencias neurológicas; sin embargo, para un niño con disgrafía, el simple acto de sostener un lápiz y plasmar sus ideas en un papel se convierte en un auténtico desafío diario.
Esta dificultad suele manifestarse a través de una letra desordenada, inconsistente o difícil de entender, así como problemas para componer textos estructurados. Por lo general, este trastorno se desencadena por dificultades óptico-espaciales, como por ejemplo imprecisiones para procesar e interpretar lo que se ve, lo que complica organizar el texto dentro de las líneas o respetar los márgenes; o por dificultades para procesar el lenguaje, dar sentido a lo que se escucha y trasladar los pensamientos al texto que está escribiendo.
En ocasiones, la disgrafía se presenta acompañada de otros retos del aprendizaje, del lenguaje o de la coordinación motora. Por ello, detectar los síntomas a tiempo durante la infancia resulta crucial. La intervención temprana por parte de un especialista permite trabajar con técnicas adaptadas para corregir el trazo, mejorar la postura y evitar que la frustración afecte a la autoestima del niño. Con la orientación adecuada y una práctica guiada, los estudiantes logran avances significativos en su escritura y en su rendimiento escolar.
Este es un trastorno al que, en los planes de estudio antiguos, cuando existía la EGB, en los años 80, se le prestaba una gran atención, pero sin tener en cuenta el factor neuronal que subyace detrás del problema. Normalmente, se resolvía sometiendo al niño a rellenar un sinfín de cuadernos de caligrafía que hacían que el estudiante cambiara de letra continuamente.
Trastorno del desarrollo del lenguaje. (TDL)
El TDL es un trastorno que dificulta la adquisición y uso del lenguaje oral, que aparece en la infancia y que persiste hasta la edad adulta.
La Universidad de Valencia señala que este trastorno afecta a aproximadamente un 7% de los niños y que es más frecuente en niños que en niñas.
Los niños con TDL (Trastorno del Desarrollo del Lenguaje) suelen empezar a hablar más tarde de lo esperado, no diciendo sus primeras palabras hasta los dos años ni formando frases sencillas hasta los tres. A medida que avanzan, enfrentan barreras tanto en la expresión verbal, donde recurren a gestos u onomatopeyas, como en la comprensión, ya que muchas de las frases que escuchan no las entienden.
Su vocabulario se amplía lentamente, mostrando un desafío especial con los verbos y palabras como preposiciones o determinantes. Asimismo, la construcción de oraciones sintácticamente correctas y el dominio de las concordancias de género, número y persona representan tropiezos constantes. Aunque sus causas exactas se desconocen, la investigación señala un fuerte componente genético: entre el 50% y el 70% de los niños con TDL tienen familiares con antecedentes similares.
El TDL no es un simple retraso pasajero, ni obedece a una falta de esfuerzo. No se corrige leyendo más, como piensan algunos. Es una condición neurológica compleja y persistente. Comprender su base hereditaria y sus manifestaciones cotidianas es crucial para romper el estigma, garantizar un diagnóstico precoz y buscar apoyos en logopedas y psicopedagogos que ayuden al niño a lidiar con esta condición.
Trastorno del aprendizaje no verbal. (TANV).
Menos frecuente que los anteriores, el trastorno del aprendizaje no verbal es otro trastorno que puede interferir en el proceso de crecimiento intelectual y aprendizaje del niño.
El trastorno del aprendizaje no verbal, conocido como TANV o NVLD por sus siglas en inglés, es una condición del aprendizaje que dificulta la capacidad de identificar y procesar patrones. Aunque los niños con este trastorno suelen destacar por un excelente manejo de la expresión oral y el vocabulario, enfrentan importantes desafíos en la interpretación de las expresiones faciales, el lenguaje corporal y la comunicación no verbal en general.
Sus manifestaciones varían notablemente entre cada individuo, explica la página web del Child Mind Institute, abarcando desde torpeza motora y problemas para calcular distancias o comprender relaciones espaciales, hasta trabas para captar la ironía, el sarcasmo y el lenguaje figurado. En el ámbito cotidiano y escolar, es habitual que estos niños presenten dificultades con las matemáticas de alto nivel, así como con la planificación, la organización de tareas complejas y la comprensión de los estados de ánimo de quienes los rodean.
Debido a que el TANV no cuenta con el reconocimiento formal por parte de toda la comunidad médica, sus síntomas pueden confundirse con el TDAH o con algún trastorno del espectro autista (TEA), pero no es lo mismo. El diagnóstico de este trastorno requiere una evaluación especializada e individualizada. Esta valoración permite identificar las carencias concretas en la detección de patrones de cada niño, paso fundamental para diseñar una estrategia de intervención efectiva.
El tratamiento se aborda a través de la ayuda de terapeutas y profesionales del aprendizaje, enfocándose en enseñar de forma explícita las pautas que el niño pasa por alto. A través de este entrenamiento adaptado, los estudiantes adquieren habilidades sociales prácticas para desenvolverse con mayor soltura, seguridad y autonomía en sus relaciones cotidianas.
El papel de los padres y del colegio.
Una vez que un niño con alguno de estos trastornos ha sido diagnosticado por un profesional competente, la dirección del tratamiento cae en sus manos. Será el profesional: psicopedagogo, terapeuta, logopeda; el que marque las pautas para que el niño supere sus dificultades o trabas de una manera exitosa.
Lo más lógico es que el niño tenga que acudir a una sesión de terapia semanal. Bien individual o en grupo. Pero esta sesión solo representa una hora de toda la semana. Es probable que el terapeuta proponga ejercicios o actividades para realizar en casa con el objeto de asentar los avances conseguidos.
La relación entre el profesional y los padres debe ser estrecha. Con pequeñas reuniones cada cierto tiempo para informar sobre la evolución del niño, para conocer mejor su comportamiento en casa y para dar pautas, cuando se considere oportuno, para conseguir que los cambios se asienten.
Del mismo modo, el profesional se mantendrá en contacto con el centro escolar para hacer sugerencias que atiendan a las particularidades del menor, en pro de que avance al mismo ritmo que sus compañeros.
Cuando un niño sea diagnosticado con algún trastorno como el que hemos visto, los padres no lo deben sobreproteger, ni verlo como un enfermo, porque no lo es. Es un niño diferente, lo cual no es malo de por sí.
