En la actualidad, el bidé forma parte del cuarto de baño de millones de hogares y, sin embargo, sigue siendo uno de los sanitarios más peculiares que existen. Mientras en países como España, Italia o Argentina su presencia ha sido durante décadas casi incuestionable, en otros, como Reino Unido o Estados Unidos, muchas personas apenas saben para qué sirve y nunca han tenido uno en casa.
Esa diferencia tiene una explicación histórica. La expansión del bidé no dependió solo de cuestiones de higiene, sino también de la arquitectura de las viviendas, las costumbres de cada sociedad, la influencia de la religión e incluso los cambios políticos que marcaron Europa en los últimos siglos. A lo largo de este artículo repasaremos esa evolución para entender por qué un mismo sanitario acabó formando parte del baño en unos países y prácticamente desapareció de otros. Si eres una persona curiosa, ¡sigue leyendo!
Francia, siglo XVII: un mueble para los nobles y sus amantes
No se conoce con certeza quién inventó el bidé ni la fecha exacta en la que apareció, aunque los historiadores sitúan su nacimiento en Francia a finales del siglo XVII. Surgió en una época en la que los cuartos de baño todavía no formaban parte de las viviendas y la higiene personal se realizaba, en gran medida, dentro de los dormitorios. En ese contexto comenzó a utilizarse este mueble, considerado por muchos una evolución de los recipientes empleados para el aseo cotidiano. Las primeras referencias escritas datan de 1710 en Francia y, pocos años después, ya aparecen menciones a su uso en Italia, señal de que su difusión había comenzado.
El nombre también tiene una explicación curiosa. En francés, bidet era la palabra con la que se designaba a un caballo pequeño o poni. El sanitario recibió ese nombre porque para utilizarlo había que sentarse a horcajadas, en una postura que recordaba a la de montar a caballo. De hecho, el término procede del antiguo verbo francés bider, relacionado con el trote del caballo, una asociación que ha sobrevivido hasta hoy aunque el diseño del bidé haya cambiado por completo.
Los primeros usuarios del bidé no eran precisamente el ciudadano medio. Durante el siglo XVIII el bidé se popularizó entre las nobles, primero en Francia y en Italia y más adelante en otros países del sur de Europa. Era un objeto de lujo reservado a quienes podían permitirse tanto el mueble como el agua caliente necesaria para llenarlo, en una época en que el acceso al agua corriente no existía.
Pero había otro uso que se mencionaba con discreción y que explica parte de su popularidad entre las mujeres de la nobleza. Para las mujeres que tenían una relación extramatrimonial, era un modo de limitar el riesgo de quedar embarazadas de sus amantes; y para las casadas, una manera de evitar contagios a causa de las aventuras de sus maridos. Su uso anticonceptivo no era ningún secreto: a la reina de Nápoles María Carolina de Habsburgo-Lorena, que quiso instalar uno en su palacio de Caserta, le hicieron notar que eso podía darle mala fama ya que se trataba de un «instrumento de meretriz», advertencia que ella ignoró.
En los burdeles era el único mueble del que disponían las prostitutas además de la cama. Esa asociación entre el bidé y la sexualidad fuera del matrimonio le granjeó durante décadas una reputación ambigua que la Iglesia miró con marcada desconfianza, y que contribuyó a frenar su adopción en países con mayor influencia del puritanismo religioso.
De las cortes europeas a los hogares
Durante sus primeros años, el bidé fue un objeto asociado sobre todo a la aristocracia y a las familias acomodadas. Su precio y el hecho de que muchas viviendas aún no contaran con instalaciones de agua hacían que estuviera lejos del alcance de la mayoría de la población.
No obstante, su presencia está bien documentada en numerosas residencias nobiliarias europeas. En el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, en Segovia, se conservan varios bidés que estaban a disposición de los miembros de la corte y de los invitados que los solicitaran. Asimismo, la emperatriz Isabel de Austria, más conocida como Sissi, también utilizaba uno tanto en su residencia de Viena como en el palacio de Achilleion, en la isla griega de Corfú. Incluso su hijo, el archiduque Rodolfo, disponía de un bidé de porcelana.
Con el paso del tiempo, el bidé dejó de ser un elemento exclusivo de la realeza. Existen inventarios de los siglos XVIII y XIX que muestran su presencia en las casas de miembros del clero, profesionales liberales y familias burguesas, una señal de que poco a poco empezaba a extenderse entre otros grupos sociales, aunque todavía siguiera siendo un objeto poco común.
Por qué tardó tanto en llegar al baño común
La razón por la que el bidé tardó siglos en convertirse en un elemento habitual del cuarto de baño es más sencilla de lo que parece: durante mucho tiempo no existía el cuarto de baño tal como lo conocemos hoy. Solo en la segunda mitad del siglo XIX empezó a haber instalaciones para agua corriente en las casas, y no se generalizarían hasta el siglo XX. Para entonces, el uso del bidé había estado tan restringido que la mayoría de la población simplemente no le veía la utilidad.
Hacia 1900, con la introducción de instalaciones sanitarias modernas, el bidé pasó a establecerse en el cuarto de baño. Pero la ventana de tiempo entre su invención y su democratización fue tan larga que en muchos países el hábito nunca llegó a arraigar. A pesar de todo, algunos países, como Italia o Portugal, hicieron casi obligatoria su instalación en los baños.
El mapa cultural del bidé: quién lo usa y quién no
Si hay algo que ilustra perfectamente cómo los hábitos de higiene tienen más de cultural que de racional, es el mapa mundial del bidé. En tiempos más recientes el bidé ha triunfado en muchos países, aunque sigue siendo desconocido en otros. Es mucho más usado en Europa, especialmente en Grecia, Italia, Francia, España y Portugal; en Sudamérica, particularmente en Argentina y Uruguay, donde se encuentra en el 90% de las casas; en Oriente Medio y en algunas partes de Asia, sobre todo en Japón, donde también es habitual en los lavabos públicos.
Y luego están los países donde el bidé es prácticamente un objeto extraterrestre. En los países anglosajones como los Estados Unidos, el Reino Unido y Australia, el bidé no es muy popular y no se encuentra en muchos hogares.
¿Por qué esa diferencia tan marcada? La explicación tiene varios motivos. El primero es histórico y religioso: el puritanismo anglosajón miraba con sospecha cualquier objeto asociado a la higiene íntima, y la reputación del bidé como «instrumento de meretriz» que había señalado a la reina de Nápoles pesó especialmente en culturas donde la moral victoriana dominaba el discurso público. Hablar de higiene íntima era hablar de sexo, y hablar de sexo era casi siempre tabú.
La segunda explicación es arquitectónica. Los baños anglosajones, especialmente los estadounidenses, se diseñaron en torno a la bañera y la ducha en una época en que el bidé ya no formaba parte del imaginario higiénico de esas culturas. Añadir un bidé habría requerido replantear la fontanería entera de millones de viviendas construidas sin ese punto de agua, lo que supone un coste y una obra que pocos propietarios están dispuestos a asumir para un elemento que, además, no conocen desde la infancia.
La tercera razón, quizás la más pragmática, es la industria del papel higiénico. Estados Unidos es el mayor consumidor de papel higiénico per cápita del mundo, y es también donde esa industria tiene más arraigo económico e influencia. El bidé, que reduce drásticamente el consumo de papel, nunca tuvo muchos aliados en ese mercado.
Por qué el bidé está volviendo con fuerza
En los últimos años, el bidé ha experimentado un renacimiento inesperado incluso en los países donde era prácticamente desconocido. La pandemia de 2020 tuvo mucho que ver: cuando los supermercados de medio mundo se quedaron sin papel higiénico, millones de personas descubrieron de repente que existía una alternativa. Las búsquedas de «bidé» y «accesorio de bidé para inodoro» se dispararon en países como Estados Unidos y el Reino Unido a niveles nunca vistos.
Pero hay también razones de fondo más estructurales. El argumento medioambiental es cada vez más difícil de ignorar: producir un rollo de papel higiénico requiere aproximadamente 140 litros de agua, mientras que el uso del bidé consume una fracción mínima de esa cantidad. En un contexto de creciente conciencia medioambiental, el bidé pasa de ser un objeto anticuado a convertirse en una opción sostenible con base racional sólida.
El argumento de salud también suma adeptos: la limpieza con agua reduce significativamente la irritación de la piel en comparación con el papel higiénico, y es especialmente recomendada para personas con hemorroides, problemas dermatológicos o movilidad reducida. Lo que durante décadas fue percibido como un lujo prescindible se reencuadra ahora como una solución de higiene más eficaz y más respetuosa con la piel.
El bidé hoy: diseño, materiales y adaptación a cualquier baño
El bidé de hoy tiene poco que ver con aquel mueble de madera que comenzó a utilizarse en las alcobas de la aristocracia francesa. La evolución de los materiales, del diseño y de la distribución de los cuartos de baño ha dado lugar a modelos mucho más compactos, fáciles de limpiar y pensados para integrarse en espacios donde cada centímetro cuenta.
En este sentido, los profesionales de Outlets Bath explican que una de las principales tendencias contemporáneas es la apuesta por bidés suspendidos o de dimensiones reducidas, fabricados en cerámica y diseñados para adaptarse tanto a baños amplios como a otros de menor tamaño. El objetivo ya no es solo mejorar la higiene, sino hacerlo sin renunciar al espacio ni a una estética uniforme con el resto de los sanitarios.
Esa evolución ha contribuido a desmontar uno de los argumentos más habituales contra el bidé: la falta de sitio. Si hace unas décadas instalar uno suponía reservar una parte importante del baño, hoy existen soluciones mucho más compactas que permiten incorporarlo incluso en viviendas donde el espacio es limitado.
Japón y el inodoro con función de bidé
Mientras en buena parte de Europa el bidé siguió ocupando un espacio independiente en el cuarto de baño, Japón apostó por una solución completamente distinta: integrar esa función en el propio inodoro. En lugar de instalar dos sanitarios, el mismo aparato incorpora un sistema de lavado con agua regulable que permite realizar la higiene personal sin necesidad de levantarse del asiento.
Con el paso de los años, esta idea evolucionó hasta dar lugar a los conocidos washlets o inodoros inteligentes. Además del lavado con agua, muchos modelos incorporan asiento calefactado, regulación de la temperatura y la presión del chorro, programas específicos para distintos usuarios, secado por aire, desodorización automática e incluso iluminación nocturna.
Más que sustituir al bidé tradicional, Japón desarrolló otra forma de entender la higiene personal. La falta de espacio en muchas viviendas y la apuesta del país por la tecnología aplicada a la vida cotidiana favorecieron la expansión de estos sistemas, que hoy son habituales en hogares, hoteles, oficinas y edificios públicos. Para muchos visitantes extranjeros, probar un washlet es una de las experiencias más llamativas del viaje.
Un sanitario que habla de mucho más que higiene
La historia del bidé demuestra que incluso los objetos más cotidianos están condicionados por la cultura, la arquitectura y las costumbres de cada sociedad. Su presencia o su ausencia en un cuarto de baño nunca ha dependido únicamente de una cuestión práctica, sino también de la forma en que cada país ha entendido la higiene, el uso del espacio doméstico o la propia intimidad.
Hoy, cuando el ahorro de agua, la sostenibilidad y el bienestar vuelven a ocupar un lugar central en el diseño del hogar, el bidé ha recuperado parte del interés que parecía haber perdido hace unas décadas. Ya sea en su versión tradicional o integrado en los modernos inodoros con función de lavado, sigue respondiendo a una necesidad que no ha cambiado con el paso del tiempo.
Quizá por eso su historia resulta tan interesante. Porque no habla solo de un sanitario, sino de cómo evolucionan nuestros hábitos cotidianos y de la manera en que la tecnología, la cultura y las costumbres terminan transformando incluso los gestos más sencillos del día a día.







